El lenguaje escrito, espacio simbólico en las representaciones del imaginario histórico

 

Yvonne Cansigno Gutiérrez

 

 

El enigma de cómo hombres y mujeres dan significado a sus acciones cotidianas cobra vida en el territorio del lenguaje. En este contexto, el lenguaje humano está vinculado estrechamente con la adquisición, la comunicación, la descripción, la significación y cualquier fenómeno asociado al comportamiento lingüístico humano. En determinados contextos de uso relacionados con el lenguaje escrito, cada cultura conlleva múltiples sistemas de significación que se expresan en una lengua heredada.  Gadamer señala que, en ese mundo construido, las costumbres se absorben formando un habitus (Gadamer, Verdad y Método, primer capítulo).  Cada uno de estos mundos de cada cultura expresa una visión diferente con todos sus saberes, mediante lenguajes de diversa índole: corporales, actitudinales, artísticos, literarios, míticos, etc.

Con respecto a otras áreas del conocimiento cabría preguntarse: ¿Cuál es el lugar que ocupa el lenguaje escrito como espacio simbólico en las representaciones del imaginario  histórico? El tema es viejo y a la  vez vigente; podemos observarlo desde las épocas de Voltaire, Rousseau, Burckhardt o hasta Ricoeur, con  Derrida o Ginzburg, autores donde se perciben estas temáticas. Si bien es cierto que  ya en épocas pasadas se cuestionaban estos aspectos,  en la actualidad, han resurgido como una reflexión sobre el estatuto de la verdad, la versión y la veracidad en el relato histórico.

 Incluso la noción más relativa de veracidad parece haberse diluido en estrategias textuales que declaran el rol de sus paradigmas. El hecho de preguntarse ¿cómo y dónde trazar los límites entre lo simbólico, la ficción, la historia y la historiografía? o bien, ¿si se puede acaso hablar todavía de "escuelas" o tradiciones historiográficas que "representan" respuestas arquetípicas a esta interrogante? sugiere otorgar rasgos distintivos a la historiografía de nuestros días y corrobora espacios intelectuales entendidos por diversas disciplinas y por historiadores.

Si se observa lo significativo del lenguaje en el cambio de la oralidad a la escritura, y de todo ese proceso histórico hasta el adelanto de la producción electrónica, se percibe una serie de implicaciones de diversa índole: estructuras de tipo social, lingüístico, económico, político, cultural y religioso. A medida que el ser humano se desarrolla, el lenguaje le permite no sólo expresarse afectiva y eficazmente tanto al oral como al escrito, sino también definir tanto su idioma institucional como  su idioma ideal-ideológico.

En este contexto, se exige al individuo habitualmente el uso de un “idioma institucional” que se diferencia del convencional en su claridad semántica y en la limitación en cuanto a su alcance y función.  Esto le permite una mayor conciencia y reflexión y le sirve para fines planteados en representaciones específicas, así por ejemplo se aprecian los lenguajes científico y jurídico.

            En cuanto al idioma "ideal ideológico", se distingue del convencional e institucional ya que parece querer trascender apelando al sentimiento y  a la fe (como lo son el lenguaje poético y místico) o a valores cuya expresión no puede ser garantizada por el lenguaje convencional ni institucional y que se manifiesta en un lenguaje cuyas expresiones ideológicas están condicionadas de algún modo por el lenguaje convencional.

Hay sin embargo, aspectos del idioma de una persona que simplemente adopta por razones de utilidad o conveniencia, que la comprometen subjetivamente y que son usados como consecuencia de una reflexión acerca de su propio servicio o de su uso cotidiano.  Por otra parte, hay idiomas o aspectos del idioma de un grupo o parte de una comunidad que el individuo positivamente refuta y que normalmente expresan la oposición o rechazo del individuo con respecto a quienes lo hablan, a ideologías que no comparte o a un entorno que le es ajeno.

Con los años sesenta, surgen reflexiones en torno a la importancia del lenguaje mismo con respecto a otras áreas del conocimiento y al papel que desempeña la escritura de la historia.

 En el ámbito de la Lingüística se inicia formalmente su estudio de manera comparada y aplicada con respecto a otras áreas del conocimiento humano, y en el caso de la Historia, es también un periodo de despliegue en las diversas  tendencias  como la escuela de los Anales, el estructuralismo y el institucionalismo histórico. Todas ellas retoman el papel de la cultura en la sociedad y dan pauta a investigaciones formales.

En el ámbito del contexto histórico, la historiografía, en particular, encuentra caminos inéditos, y es a través del lenguaje escrito que manifiesta su identidad.

            La filiación a una teoría de la homegeneidad nacional, que distinguía a las antiguas "escuelas", deja de existir para concertarse nuevas tendencias. Por ejemplo, en el campo de la sociología de la recepción y de la asociación, en el análisis de las formas del texto en general y del libro en particular, caracterizándose un espacio intelectual que escapa a cualquier tradición particular, sea nacional o basada en referencias teóricas. Los historiadores de hoy parecen haber renunciado a multiplicar los espacios que pueden conquistar para dedicarse a problemas de orden teórico, siendo  más notorio la complicada relación entre el hecho de que la historia es siempre escritura y el interés de preservar una forma de conocimiento del pasado verificable, aceptable y compartido.

 De hecho, se puede afirmar que la historia no es, ni puede ser,  la restitución del pasado, del acontecimiento en sí, sino tan sólo una de sus representaciones. Pero esto se da como la representación de un orden específico, que no es el de la ficción ni el de la novela. Resulta inminente señalar que la tradición oral jugó un papel fundamental en la conformación de espacios simbólicos y las representaciones del orden del  imaginario histórico.

En Oralidad y escritura ( Walter J.Ong: 16-17), se afirma que el lenguaje es tan abrumadoramente oral, que en el curso de la historia del hombre, solo alrededor de 106 lenguas nunca han sido plasmadas por escrito, en un grado para haber producido literatura. Sólo 78 de las 3000 lenguas que existen aproximadamente en el planeta si la han producido y dan testimonio de ello. Y que es imposible calcular cuantas lenguas han desaparecido o se han trasmutado en otras antes de haber progresado su escritura.

Si bien es cierto que muchos de los estudios lingüísticos se concentran en los textos escritos, la tradición oral es también una representación del imaginario histórico, y la escritura convierte frecuentemente este tipo de discurso en poético: rescata momentos de la vida cotidiana e histórica, descubre y celebra los sentimientos que mueven la existencia de los individuos y de la humanidad y trasciende a la historia misma.

En el caso  del texto escrito, este permite no solo el conocimiento, la explicación y la interpretación, sino también propicia la crítica, siendo diversas y pródigas las tendencias que se especializan y analizan los textos impresos.

Aunque observamos que  la mayoría de los textualistas, muestran poca preocupación por la continuidad histórica, los teóricos marxistas, como lo apunta la arqueología de Foucault, se interesan más por explicar el pasado por sus propias consideraciones. Derrida insiste que el texto escrito no es un complemento de la palabra hablada, sino que esta rompe su modelo tubular  porque puede demostrar que posee una economía propia (Ong, 1967:74). Los estructuralistas que integraron el grupo Tel que en París como Barthes, Todorov, Sollers y Julia Cristeva, utilizan el lenguaje de manera representativa y se basan en procesos intelectuales y de comunicación para su análisis.

Cabe recordar también las corrientes de interpretación que definen la historia intelectual de François Dosse, el narrativismo estadounidense, el contextualismo británico o la semántica histórica alemana.

Si bien es cierto que las corrientes de interpretación sobre la historia intelectual se han incrementando después del “giro lingüístico”, el texto escrito se ha convertido en un aparato cultural y social que recobra la pluralidad de voces del pasado histórico.

Si en la época actual, el pensamiento es para nosotros textual, el texto escrito es un pretexto, luego entonces ¿qué relación existe en que el impreso propicia la investigación, el desenlace, de modo que los historiadores puedan llegar a comprender los acontecimientos históricos, donde verdad, versión y veracidad sea un eco?

Desde una perspectiva documental y narrativa, una crítica que no incluye el principio de tolerancia podría se inverosímil. Muchas de las versiones  e inclusive la verosimilitud de las propias representaciones históricas son “universales”  y, a pesar del problema de falsificación, como señala Roger Chartier, se da este en el ocultamiento deliberado de las evidencias históricas: una historia que no se reclama como una versión  entre muchas, la que “no tiene credibilidad”.

 El tema de “lo verdadero”, ya sea en referencia a una teoría o a un conjunto de evidencias, se ha convertido en un problema inverosímil. De hecho la verdad histórica se conduce en la dirección que se le conduce o la que hayamos elegido.

Ahora bien, el análisis de este proceso se retoma a partir de la lectura y la escritura, elementos que se utilizan de manera muy generalizada como conceptos aislados y los cuales constituyen procesos inseparables que enriquecen la adquisición y la  transmisión de conocimientos.

Asimismo nos inclinamos a recrear que el texto escrito  cobra vida en el territorio de la cultura. Y es la historia cultural quien se propone su reconstrucción.

Pero en el mundo de hoy, nos enfrentamos a un problemática  más profunda y compleja: la evocación y fabricación de mitos históricos destinados a construir y/o consolidar identidades. Si bien es cierto que las mitologías contemporáneas son representaciones históricas que definen el derecho de una nación a existir, éstas también la legitiman y justifican con su razón de ser, sobre todo cuando son identidades nacionales, étnicas o sexuales que han sido reprimidas y marginadas y que tienen pleno derecho a constituirse.

En esta perspectiva, la resistencia entre las mitologías de la identidad y el conocimiento histórico, que debe ser universal por sus criterios de verificación, pueden manifestarse dentro de un imaginario histórico.

Para el historiador, el desafío reside en distinguir entre la codificación de la memoria y la producción del saber histórico.

El afán es el de resolver la diferencia entre historia y memoria, entre la historia mítica y la historia que se expande como un conocimiento universal, lo cual es fundamental y necesario. Por ejemplo, se puede demostrar que las épicas homéricas, como ahora las leemos, fueron el producto de una cultura y una época que originalmente yacía en la lejana periferia de un escenario helénico (micénico), y cuyos testimonios sobre pueblos y poblados fue corroborada por evidencias lingüísticas y arqueológicas. Sin embargo, remover estas épicas de su contexto original disminuyó enormemente una comprensión de cómo fueron creadas y sobre la relevancia de su contenido.

Entendemos que la idea de imaginario y de conocimiento está asociada a toda perspectiva de imaginario histórico que solo puede ser explicado por acciones o por cambios en las fuentes ínter subjetivas. Como lo comenta Paul Ricoeur en su libro Del texto a la acción, capítulo II, la puesta a distancia del autor por su  propio texto es ya un fenómeno de primera lectura y plantea una serie de problemáticas entre las relaciones de la explicación y la interpretación. Sin embargo, en la dualidad de historia-memoria, se encuentran aspectos que corresponden al lenguaje escrito en relación a ese imaginario histórico, donde el rol de la libertad individual  propuesta en la lectura por Foucault, admite el poder de abstracción y está vinculado estrechamente con el origen de la hermenéutica (Dilthey: 1947).

Por otra parte, si nos avocamos a las fronteras entre ficción, historia e historiografía, nos podemos servir del debate establecido entre Roger Chartier y Haydn White, publicado en la revista Historia y Grafía. En dicho artículo Chartier se resiste a compartir los argumentos de White sobre el problema actual de la historiografía, refiriéndose primero a la característica central de la historia que Haydn White explora en su libro Metahistoria y donde confirma que es escritura, sustentada en la narrativa literaria.

En esta representación existe una nueva voluntad de los historiadores frente a los textos literarios, sobre todo en el hecho de mostrar las perspectivas que abre la lectura histórica de una obra literaria. Además reconocen la dimensión literaria como un sendero para acercarse al estudio del proceso de construcción de sentido del autor o autores, del lector en inclusive del espectador o del oyente. Sin embargo, encontramos el dilema conocido: si bien la historia es una representación del pasado en forma de grafía y retorna al problema de la "verdad" y se rige por normas y reglas para su análisis, una escritura situada en la literatura, tiene una relación específica con la ficción y la propia obra estética.

La discusión que se establece entre Chartier y White  en torno a las interpretaciones dadas sobre la represión contra los judíos durante la segunda Guerra Mundial es un tema espinoso. Este fenómeno supone la llamada ficción, recreando lo que eso implicaría en la historia, y sobre todo intentando "liberar" de "sus" ficciones respectivas a las múltiples y contradictorias interpretaciones que se han propuesto sobre estos fatídicos acontecimientos aún tan complejos para la humanidad.

La tragedia del famoso Holocausto plantea así la dificultad de cómo rebatir las falsificaciones de la historia; es decir, cómo producir un conocimiento verdadero opuesto al que genera la llamada alteración e interpretación de acontecimientos.

La necesidad de "inventar el pasado" ya que  la realidad histórica era racionalmente insostenible, permitió a la historiografía  cifrar códigos y planteó racionalizar la desagregación y la unificación como una sociedad de "afirmación nacional" frente a los retos de la legitimidad histórica moderna.

Daremos un paso para tratar de conciliar algunas reflexiones:

Vistas en rigor, muchas versiones actuales de la historia, las "escuelas" tradicionales que representaban paradigmas cognoscitivos básicos se han vuelto menos dignos, al participar de la legitimidad histórica y de las "corrientes de interpretación". Se observa así un  fenómeno de  prácticas literarias y de los literatos en la producción del saber histórico.

Existe una nueva voluntad de mostrar las perspectivas que abre la lectura histórica de una obra literaria reconociendo en la dimensión literaria un sendero de estudio al análisis histórico y sociocultural.

En el contexto mexicano, la historiografía se sigue forjando en términos de tradiciones nacionales. En algunas carreras de historia se estudia, por ejemplo, historiografía francesa reunida en la escuela de los Anales, o bien la historiografía de los ingleses centrada en Erik Hobsbawm y E.P. Thompson.

En  recientes investigaciones se observa un esfuerzo por definir ciertas formas de lectura. En esta perspectiva, son las universidades, las instituciones que provocaron una imagen de la lectura o de ciertos usos del libro dando pie a las teorías de la intelección abstracta del texto escrito. La comprensión  permitió abstraer  la parte histórica que contenían los libros y la preocupación por descubrir  prácticas de lectura y se centró en intenciones y objetivos que se circunscriben a la práctica alumno-profesor con el objeto de explorar la historia.

En cuanto al desarrollo de la tecnología en este ámbito, si todos los textos escritos e impresos, incluso los manuscritos, fueran convertidos en textos electrónicos, no hay razón para no suponer la disponibilidad universal del patrimonio textual.

Y no obstante que el porcentaje de individuos que tienen acceso a las nuevas tecnología es aún reducido con respecto a la población total del planeta y existen obstáculos técnicos y financieros para ello, el texto es virtual y el lector podría escribir y circunscribirse directamente en los textos reunidos en la concepción de una biblioteca universal.

 La computadora ha ahorrado el proceso y en el mundo de hoy, se escribe, edita y diseña en pantalla sin necesidad de imprimir de tal forma que el texto escrito  ingresa a la biblioteca universal a través de una red electrónica.

Además,  la computación ha modificado la naturaleza del texto escrito. Por medio de los medios masivos de comunicación se ha transformado radicalmente la naturaleza de la lectura y se observa que la mayor parte del tiempo se "leen imágenes” y “se escuchan” mensajes. Jauss dijo alguna vez que en la sociedad moderna se "lee con los oídos, escuchando". En este sentido, la revolución de la escritura ha sido acompañada por una revolución de la lectura.

Y nos preguntamos ¿cuáles son los cambios que se pueden detectar hoy en la relación entre el texto, el lector y el escucha?

La historia, en cierto modo limita las posibilidades de la lectura y la experiencia del lector frente al texto. Pero la ficción acerca a  al lector  a recrearse con el texto escrito y sentirse  libre frente al mismo. Sin embargo, el texto no define por sí mismo la producción de su contenido. La historia de la lectura debe suponer la libertad del lector y optar `por  dedicarse al estudio de las coacciones y los límites que operan para reducir esta libertad; sigue aún pendiente una historia de los modos de leer: leer en silencio, leer sin prestar atención a lo que se lee, y por supuesto leer de manera hermenéutica.

Actualmente la computación se ha vinculado más con documentos que son de intercambio inmediato y almacenamiento como son las redes informáticas y los bancos de datos, y la escritura constituye la representación tradicional que recopila el conocimiento y el saber de diccionarios, enciclopedias y compendios generales, aunque muchas de estas fuentes  se encuentren ya disponibles en versiones electrónicas.

Es importante señalar que también el lenguaje escrito es un espacio simbólico de análisis y conocimiento en las  representaciones del imaginario histórico. La sociedad contemporánea distingue esfuerzos por establecer formas  para la articulación y división de funciones entre un soporte tradicional, basado en el escrito impreso, y las nuevas estructuras creadas por la representación electrónica.

 

 

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